Cultura en cajas

Los bouquinistes forman parte del patrimonio cultural de París. Siempre que Mademoiselle Lili pasaba por delante de ellos, se detenía y, simplemente, escuchaba. 


Las cajas verdes repletas de libros que bordean el Sena forman tan parte de París como las huelgas de metro. Un día, bajo la lluvia primaveral, me encontraba en el muelle de l'Hôtel de Ville esperando un autobús que no llegaba. Michel, un bouquiniste, me invitó bajo el techo de su quiosco y nos pusimos a hablar. Hacía dos años que tenía ahí su parada para obtener unos ingresos extras y complementar así su pensión. 

Michel vendía una mezcla heterogénea de revistas viejas, libros de segunda mano, grabados y postales históricas, pero también baratijas turísticas como imanes de nevera y llaveros. “Tiene que ser así para que merezca la pena”, dice. “La mayoría de los clientes que pasan por aquí no hablan francés, así que ¿qué van a hacer con libros franceses? En cambio, muchos de ellos quieren hacerse selfies conmigo”. Con su boina, su bigote y su pipa, tiene exactamente el aspecto que un estadounidense o un asiático se imaginarían de un típico francés. Michel hace un trato con ellos: solo pueden hacerse un selfie con él si, como mínimo, le compran un souvenir de París. En realidad, sonríe, y es que se ha convertido en todo un modelo. 


Michel explica con humor la difícil situación en la que se encuentra esta tradición de hace cinco siglos en la que los comerciantes parisinos vendían sus artículos al aire libre desde que ha irrumpido Internet y el turismo de masas. Es uno de los cerca de 230 bouquinistes que regentan los 900 puestos históricos a orillas del Sena, entre el muelle del Ayuntamiento, la isla de la Cité y Saint Michel. En los años 60 y 70, su padre se ganaba bien la vida, sobre todo gracias a los estudiantes, que acudían a él para comprar libros de segunda mano baratos. Actualmente encuentran lo que necesitan en Internet y ya no tienen necesidad alguna de recurrir a los bouquinistes. Este año, Michel espera que le asignen un puesto en la orilla más rentable de la Rive Gauche, cerca de Saint Michel. Los principiantes como él deben pasar primero por el llamado purgatorio, que es como los bouquinistes llaman a la orilla derecha del río. 


En el año 1991, la UNESCO declaró ambas orillas del Sena Patrimonio de la Humanidad, y con ellas, también a los bouquinistes. El Ayuntamiento de París protege esta profesión concediendo los puestos gratuitos y libres de impuestos, aunque bajo unas estrictas condiciones: se debe respetar la superficie de venta calculada al milímetro, la mayor parte de los artículos vendidos deben ser productos impresos y no souvenirs, y los puestos deben abrir al menos cuatro días a la semana. 


El hecho de que actualmente el gobierno casi extienda la alfombra roja a los comerciantes en crisis es toda una novedad. Durante siglos fueron perseguidos, expulsados y despreciados por las autoridades: con la llegada de la imprenta en el siglo XVI, los bouquinistes se establecieron, inicialmente, como comercios ambulantes por todo París. “Bouquin” es un término francés para referirse a “libro”, probablemente formada a partir de la palabra alemana Buch y la holandesa boeken. Por aquél entonces vendían sobre todo panfletos y revistas provocadoras que arremetían contra la iglesia, el rey y el capital, algo similar al Twitter de esa época. Mientras que los libros y su venta estaban sujetos a censura, ellos vendían publicaciones libres de toda represión.


Los bouquinistes de París están pues acostumbrados a hacer frente a las crisis. Y estoy segura de que también sobrevivirán a la era del Internet. Antes de subir al autobús, le compré a Michel un ejemplar de la revista Lui, una especie de Playboy francés del mayo de 1974. Un regalo de cumpleaños perfecto y original para un amigo que nació en ese mes. ¡Salvemos a los bouquinistes!