Bar Bistol

En el bar del hotel. Son las 12.30 de la noche

Cuando una mujer viaja o simplemente sale habitualmente sola, se suele ver en la necesidad de tener que esclarecer ciertas cosas o dar explicaciones a su entorno. Pero no en el bar de Le Bristol en París. Ahí Mademoiselle Lili siente seguridad, sin sentirse juzgada.


Hablemos de Venecia, por ejemplo. Como “Signora” ejecutiva sueles ser ignorada. Siempre se repite la misma historia: estoy sentada sola en la mesa de un restaurante, muerta de hambre. Al lado mío toma asiento un grupo de personas. Enseguida se les trae la carta. A mí no; que curioso. Se la pido al camarero y me trae 2. Me sigue ignorando. Han pasado 20 minutos. ¿Pensará que estoy esperando a alguien? A la mesa de al lado ya le sirven la pasta y yo sigo sin pedir. Me encantaría explotar y preguntar en voz alta: “¿Es que una mujer siempre necesita a un hombre a su lado para poder comer pasta en Venecia?” Lamentablemente mi italiano no llega para tanto…

Cuando viajo, me encanta tomarme la última copa, antes de subir a la habitación, en el bar del hotel. Me encanta el ambiente de los bares de un gran hotel y no desde la película “Lost in Translation”. Los bares de los hoteles son lugares de tránsito, donde se encuentran cada día de nuevo gente nueva y desconocida. Es un lugar, donde el destino juega la lotería; quizás algún día toca. En Nueva York me pasó, que, sin pensar más allá, sonreí a un hombre que también estaba sólo. Enseguida se “arrimó” a mí y tras aproximadamente 6 minutos de conversación (banal) me preguntó por el precio. Ingenua de mi… yo pensaba que me preguntaba por el precio de la habitación. Pero enseguida me di cuenta que estaba confundida. Él también se dio cuenta que se había confundido de persona y enseguida se disculpó. Bueno, un final de día algo desagradable. Acabé rápido mi copa para poder retirarme. Desde entonces me pregunto si en mis viajes solitarios el minibar no sería la mejor opción, o al menos la menos comprometedora.

Pero descubrí el bar de Le Bristol en París. Una señora me recibe a la entrada y me acompaña amablemente desde el hall del hotel hasta el bar. Coge mi abrigo y en ningún momento me hace sorprendida la típica pregunta “¿pero, viene sola?” Parece un lugar tranquilo, íntimo. Como un salón de una casa; decorado con alfombras y obras de arte. La chimenea y los sofás invitan a disfrutar del momento. El DJ pincha la típica música de un Lounge-Bar. Me pido un Bristol Old Fashioned 5 e intento disfrutar del ambiente. No tarda mucho y 2 asientos más allá se sienta un señor, también solo. Me mira y me hace el gesto de querer brindar conmigo. Por un momento pienso que es otro lugar más, donde no puedo ir sola. Pero no. Christophe es parisino, profesor de matemáticas y éste es su local de referencia, donde suele pasar el rato para desconectar del día. Dice, que le encanta el ambiente familiar y tranquilo que se vive aquí. Se nos une el camarero a la conversación y no tengo en ningún momento la sensación de incomodidad; todo es muy natural. Me dicen, que este bar es algo así como el salón del barrio, el 70% de la gente que estaba allí no se alojaban en el hotel, eran simplemente vecinos de la zona. Salimos a fumar un cigarro al patio trasero, que realmente es un jardín. Nos sentamos. El aire es fresco y gélido. Dos gatos persas se pasean por la pradera. No se oye nada, todo es silencio. Parece que hemos desaparecido de la gran ciudad. “Es mi lugar preferido de París. Sobre todo, por las noches.” Me comenta Christophe “¿Sientes la paz?” Yo sólo afirmo con la cabeza.

Le Bar du Bristol Paris, 112 Rue du Faubourg Saint-Honoré. Horario: 17.30 - 02.00 h.